El poder te cambia (y no es metáfora)
Muchas veces he visto gente en posiciones de poder maltratando, pasando todo por encima, cualidades que detesto en cualquier persona pero aun mas en aquellas que pueden hacer daño.
Descubrí que no es tan fácil, el poder corrompe biologicamente. Te vuelve impulsivo, genera una ilusión de invencibilidad y lo mas complicado: te apaga la empatía. Tu cerebro por momentos deja de procesar el dolor ajeno como lo hacia antes.
Es una sensacion extraña, no cambiaste, pero ese mismo poder te convence de que quien hace las reglas sos vos y está bien romperlas. Como si te quitase todos esos frenos inhibitorios que normalmente te detienen y lo peor de todo, en esa posicion el resto de la gente lo avala, como si tuvieses una licencia magica para ser una mala persona… ahí es donde empieza el daño.
Y no, esto no es una cualidad de la gente exitosa que los llevó a ese lugar, simplemente es gente brillante que está destruyendo lo que intenta construir.
Receta para estar ahí
Es extraño encontrar a una persona que comulgue con estas prácticas violentas de control, al menos en mi entorno. Pero si fuera tan extraño, ¿por qué está tan extendido en el mundo?
Creo que hay que quitarse esa máscara sobre la gente con ‘poder’ y asumir algo: quienes llegan a esas posiciones, la mayoría de las veces, no lo hacen por saber más o por ser más capaces. Llegar a esas posiciones es tan simple como hablar más que el resto.
El sistema que tenemos premia a quienes llenan los espacios vacíos, incluso cuando no tienen nada bueno que decir. Es el tipo que interrumpe constantemente, que reformula lo que dijiste pero con más labia, que opina de todo sin escuchar a nadie. Esa persona es quien tiene mayores posibilidades de alcanzar ese puesto de poder.
No tardé en darme cuenta de que el mundo está lleno de estos personajes que llenan el silencio con palabras vacías. Estas personas que están ocupadas hablando, no están escuchando. Tan enamoradas de su propia voz, ahogan las voces que realmente importan.
Confundimos constantemente hacer ruido con liderazgo, y ahí es donde me toca de cerca. Pasé toda mi vida esforzándome porque mis palabras estuvieran llenas de contenido y, si no conocía un tema, guardar silencio y aprender de quienes tenían una opinión formada.
En este mundo la gente reflexiva, la que piensa antes de hablar, la que realmente tiene cosas valiosas para aportar pero no necesita validación constantemente… pierde.
Quién quiero ser?
Tuve suerte al encontrar y poder compartir con la gente correcta. Aprendí de estas personas que el verdadero trabajo de quien lidera, en cualquier situación, no es imponerse ni acumular reconocimiento, sino hacer brillar a los demás.
Nunca nos gustó mandar, simplemente encontramos reconfortante la idea de dejar un legado en otros sin esperar nada a cambio: hacer el bien por hacer el bien y dejar claro qué cosas son realmente importantes.
El respeto y la consideración por el resto de las personas no son una debilidad en mi mundo, no dejen que nadie los convenza de lo contrario. El liderazgo no se mide en KPIs, métricas, ganancias u otras cosas vacías que perseguimos como fetichistas en esta carrera estúpida que todos jugamos. Se mide en la gente con la que compartimos y aprendemos juntos en el camino; en las ideas que florecen porque tienen libertad para hacerlo; y en las decisiones que otros toman ganando confianza porque sabemos soltar ese control asqueroso que nos limita constantemente.
Viste la película “Pay It Forward”? Creo que de eso se trata la vida, si los malos supiesen que buen negocio es ser bueno, serían buenos al menos por negocio y en un mundo utilitarista practicar la bondad es un acto revolucionario.
